miércoles, 3 de agosto de 2011

Con M de Madrid.

Siempre la había visto como un reto. Una meta a alcanzar.
Miedo, pero ilusión a la vez. Un objetivo algo difícil y emocionalmente demasiado variable.
Ante sus grandes ojos marrones se levantaba elegante, la llamaba, la invitaba a ir, a explorarla. Contemporánea como ella misma. Encantadora y atractiva.
Día sí y noche también, exploraba cada palmo de sus recónditos lugares. Rincones secretos. Encontrando en ellos lo que no había encontrado en casa. Calidez. Humedad. Una vida nueva.
Las heridas del pasado y la melancolía en la mirada fueron detalles difíciles de ocultar. Nadie había dicho que sería fácil. Ella se aferraba al pasado, en un lugar donde no había nada de éste. Ni alegres, ni amargos recuerdos. Cero.
En silencio, observaba cómo se transformaba en romántica y sumisa con quienes la adoraban y conocían cada uno de sus entresijos; y, a su vez, cruel y dura con quienes no la conocían y despreciaban.
La soportaba, afrontó los retos que le puso en su camino. Y todo ello porque supo que en ninguna otra encontraría el placer que ella le ofrecía. La serenidad. La paz. Tranquilidad. La felicidad que le brindaba cada noche que la disfrutaba, cada día que aprendía de ella. Aprendiendo a apreciarla.
Poco a poco empezó a ser el escenario de su vida y sus amores, de sus alegrías y tristezas. Fue testigo de un millar de lágrimas, pero también de otro tanto de sonrisas bien enmarcadas de oreja a oreja. Una espectadora demasiado pasiva de la obra de su aún corta existencia, de su vida, del drama con el que la conoció y lo cómica que resultó su vida cuando la puso a prueba. Conoció sus preocupaciones. Sus miedos nocturnos. Con ella lo compartió todo durante un corto, pero lleno de experiencia, periodo de tiempo.
Ella era como su “siempre nos quedará París” de Humphrey Bogart. Su gran manzana, su poesía, su Roma, su amor platónico. Sabía que había empezado a ser suya, y ahora ya era parte de su vida, de su historia. Y así seguiría siendo durante al menos un par de años más. O, en su defecto, todo el tiempo que Madrid la quisiera con ella. Porque se había dado cuenta, tras un tiempo sin respirarla, que la echaba de menos.






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